Nuestras intervenciones en terapia siguen las técnicas consideradas más eficientes y eficaces para el abordaje de aquellos desajustes emocionales y de conducta que precisen de tratamiento psicológico.

Nuestras áreas de intervención agrupan las siguientes especialidades.

  1. Trastornos de ansiedad
  2. Trastornos del estado de ánimo
  3. Trastornos psicosomáticos.
  4. Trastornos alimenticios
  5. Trastornos del sueño
  6. Adicciones y Control de Impulsos
  7. Terapia de pareja

Trastornos de ansiedad
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    ¿que es la ansiedad?

    chico ansiedadLa Ansiedad puede ser entendida como una emoción más junto al resto de emociones que experimentamos de forma cotidiana tales como la alegría, la tristeza, el miedo, la ira, la ternura, la vergüenza, el anhelo, la sorpresa, etc. En este sentido, las emociones nos sirven tanto en el proceso de atribuir significado a nuestras experiencias en la vida, influyendo en gran parte en su recuerdo, como a ayudarnos a tomar decisiones respecto a cómo afrontar una situación determinada, activándonos y motivándonos en ocasiones para llevar a cabo aquello que hemos decido.

    La ansiedad en sí suele experimentarse como un estado emocional displacentero, que se produce ante detreminadas situaciones, o su anticipación mediante la imaginación, a las que atribuimos un cierto grado de amenaza, reto o desafío para nuestro equilibrio psicólogico, expectativas de éxito o autoestima, en función de la valoración que hacemos tanto de nuestras capacidades como de la situación que hemos de afrontar. En condiciones óptimas constituye un factor de impulso en nuestra motivación que mejora nuestro rendimiento y la adaptación al entorno laboral, social o académico. De este modo la ansiedad nos ayuda a movilizar los recursos necesarios para preparar con el esfuerzo necesario, por ejemplo, un examen importante, estar atentos en una entrevista de trabajo, o reaccionar ante una emergencia.

    Por el contrario, cuando la ansiedad sobrepasa determinados umbrales, se convierte en un problema de salud, perjudicando nuestro bienestar incluso a nivel orgánico, e interfiriendo en nuestras actividades sociales, laborales o educativas. En lugar de ser un impulso a nuestra motivación y una ayuda para nuestra adaptación se convierte en un obstáculo que limita nuestra capacidad de elección y nuestras acciones. En ciertos casos, los episodios en los que la ansiedad representa un problema pueden volverse repetitivos antes las mismas situaciones, o constituirse en un problema recurrente en nuestra vida que nos impida desarrollarnos en plenitud, ante lo cual puede ser conveniente acudir al psicólogo para resolver estas limitaciones.

    La relación entre ansiedad y rendimiento fue estudiada por Yerkes y Dobson ya en 1908 cuando descubrieron cómo esta relación aparecía descrita por la figura de una U invertida, de tal manera que un nivel medio de excitación correlacionaba con un nivel óptimo de rendimiento, mientras que el aumento de la excitación más allá de este umbral perjudicaba el rendimiento que decrecía de forma invariable.

    Aproximadamente entre un 15% y un 20% de la población padece o va a padecer algún problema relacionado con la Ansiedad que necesite tratamiento, pues su mejora espontánea es muy improbable. La mayoría de las personas con problemas de Ansiedad que no acuden a tratamiento tienden a padecer con el tiempo síntomas mayores y más intensos, extendiéndose a más situaciones y cronificándose. La simple voluntad de la persona para vencer estos síntomas suele ser la mayor parte de las veces insuficiente, necesitando acudir al tratamiento cuando los síntomas de Ansiedad llevan ya tiempo instaurados.

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    ¿que es el estrés?

    chica 2 estresEl Estrés es un proceso psicológico complejo que abarca tanto a la emoción como a la motivación. Este proceso surge en situaciones que nosotros interpretamos de reto o amenaza y que nos exigen un esfuerzo, ya sea porque son situaciones nuevas antes las que nunca antes nos habíamos enfrentado, o porque son situaciones conocidas que sufren un cambio que desestabiliza nuestro equilibrio y control al variar lo que sabíamos de ellas, haciendo que nuestra de manera de afrontarlas ya no sea eficaz.

    El Estrés es también una respuesta adaptativa, y por tanto natural de nuestro organismo, que se da ante situaciones o contextos que la persona valora como potencialmente amenazantes, en función de cómo percibe ésta sus propios recursos para afrontarlos.

    El Estrés, por tanto, puede resultar en principio beneficioso como factor de movilización de nuestros recursos fisiológicos y psicológicos para hacer frente a situaciones nuevas o de cambio, poniendo en marcha un proceso de activación de todos nuestros recursos y habilidades de afrontamiento. Sin embargo, cuando estos recursos resultan ineficaces, y el equilibrio y el ajuste que buscamos no se produce, o los resultados y la adaptación no se dan, el transcurso del tiempo ligado al mantenimiento del estrés hace que nuestro organismo vaya pasando por diversas etapas hasta llegar finalmente al agotamiento, lo cual va a acarrear en la persona que lo sufre diversos problemas de salud, de índole tanto física (úlceras, cardiopatias, etc.) como psicológica (trastornos de ansiedad, depresión, etc.), dependiendo de cual fuese su estado previo de salud antes de comenzar el proceso de estrés y/o su predisposición genética y biológica a padecer determinados trastornos o enfermedades.

Las fobias específicas se manifiestan cuando la persona experimenta un miedo irracional o exagerado ante la presencia o anticipación de objetos y situaciones específicas, tales como animales, lugares cerrados, oscuridad, alturas, vuelos, sangre, inyecciones, intervenciones médicas como ir al dentista, tragar alimentos sólidos, conducir un coche, etc.

El miedo y la ansiedad que siente la persona pueden llegar a ser tan intensos que desemboquen en un ataque de pánico. En los niños la ansiedad se manifiesta mediante lloros, rabietas o buscar la protección de un adulto. Si bien los niños no suelen ser necesariamente conscientes de la irracionalidad del miedo, los adultos reconocen que éste es exagerado o absurdo.

La práctica totalidad de los niños experimentan miedos de manera transitoria ligados a la etapa evolutiva en la que se encuentren. Pasada ésta los miedos desaparecerán si no son reforzados, de cualquier modo tanto en el caso de niños, como adolescentes o personas adultas cuando la evitación, la anticipación ansiosa o el malestar por encontrarse ante los objetos o la situaciones temidas, interfieren de forma marcada en la rutina habitual de la vida de la persona, en sus actividades laborales, académicas o sociales, provocando malestar intenso, es cuando se hace necesaria la intervención del profesional para enseñar y guiar al paciente en las técnicas necesarias para tratar su fobia.

aerofobiaLa aerofobia o fobia a volar es un miedo que afecta alrededor de un 10% de la población adulta, de tal manera que evita la situación de volar en un avión por pasarlo muy mal a bordo, si bien hasta un 25% de esa misma población adulta manifiesta experimentar un grado significativo de ansiedad a volar en avión, con lo que una de cada cuatro personas muestra algún grado de malestar o miedo. Estos porcentajes indican que la aerofobia es el cuarto miedo más común en nuestra sociedad, muy por delante a otros medios de transporte de pasajeros. Sin embargo, estos datos contrastan con la seguridad objetiva que ofrece el avión como medio de transporte, con un índice de mortalidad de 0,03 víctimas por cada millón de pasajeros, superado ampliamente por las cifras de mortalidad que se dan en accidentes de tráfico o, incluso, en la vida cotidiana. Así, sólo una persona que volara todos los días de su vida durante 95 años tendría la posibilidad de sufrir un accidente de avión, o lo que es lo mismo, tendría que dar diez millones de vueltas al mundo en avión para sufrir un accidente fatal. Y para rizar el rizo, según estadísticas del Departamento de Transporte de Documentos de Estados Unidos (“National Transportation Statistics”) de Junio de 1985, el transporte aéreo es veintinueve veces más seguro que la conducción automovilística, ocho veces más seguro que caminar como peatón por las calles, dieciocho veces más seguro que estar en casa, diez veces más seguro que trabajar en el propio puesto de trabajo, cuatro veces más seguro que viajar en tren, ocho veces más seguro que viajar en barco, y hasta seis veces más seguro que ser asesinado por el cónyuge o un familiar.

Entonces, ante este aluvión de datos que confirman la seguridad del avión como transporte de pasajeros, ¿cómo es que la fobia a volar en avión es superior a la que presentan otros medios de transporte mucho menos seguros que los aviones? Algunos dirán que el miedo a volar es lógico puesto que el ser humano no vuela y volar para él es una situación antinatural, sin embargo, el ser humano tampoco puede correr a 120, 200 ó 300 km/hora, y la fobia a viajar en automóvil, motocicleta o en AVE es mucho menor que la de viajar en avión Lo que está claro es que nadie nace con aerofobia, lo cual se demuestra por el hecho de que millones de pasajeros vuelen cada año a lo largo y ancho del mundo en la aviación comercial sin padecer ningún tipo de malestar; de ahí que es necesario concluir que el miedo a volar en avión es un miedo aprendido por diversas causas, es decir un aprendizaje inadecuado, que mediante una eficiente intervención terapéutica debe ser desaprendido para, paralelamente, aprender una nueva forma de reaccionar y sentir ante la situación de volar, de tal manera que ésta se convierta en una actividad normal, incluso divertida y placentera, en definitiva que podamos comprar un billete o subirnos a un avión sin que nos dé taquicardia, sintamos escalofríos o se nos venga a la cabeza la imagen de un accidente aéreo.

Lo característico de una fobia es el temor irracional que desarrolla la persona ante una determinada situación u objeto, animal, etc., temor que se evidencia por la tendencia repetida a evitar la situación temida, siendo que la situación en sí misma no entraña peligro; en este caso sería la situación de viajar en un avión. Todo el mundo puede tener algún tipo de fobia específica ante alguna situación concreta, aunque el hecho de que esta situación no sea frecuente no impide a la persona desarrollar satisfactoriamente su vida cotidiana. Es cuando esta situación se vuelve frecuente cuando la persona puede tener problemas de adaptación en su entorno, lo cual conlleva asociado sufrimiento y malestar de la persona en su vida cotidiana, así como limitaciones que acompañan a la evitación de la situación fóbica que causa ese malestar. Es en ese momento en el que se aconseja, si la persona no es capaz de afrontar por sí misma, a pesar de haberlo intentado, dicha situación, la asistencia a un profesional.

La intervención para tratar la aerofobia consiste en primer lugar en una evaluación pertinente de la persona con fobia para establecer una jerarquía de situaciones ante las que la persona siente más o menos miedo, puesto que la aerofobia no se manifiesta solamente en el momento de viajar en avión, ni en todas las personas la reacción ansiosa se produce de la misma manera, sino que pueden establecerse diferencias en cuanto a los momentos, lugares y grados de manifestarse ese miedo o ansiedad. Hay personas para las que el peor momento es el despegue, mientras que para otras lo es el aterrizaje, hacer cola ante la puerta de embarque, o sacar el billete. En una segunda fase, y una vez evaluado la forma de reaccionar de la persona y el estilo de afrontar su miedo, se debe adaptar el tratamiento a dicho perfil estableciendo las condiciones y las pautas necesarias para que la persona aprenda, con la ayuda del terapeuta y haciendo uso de sus propios recursos, una nueva forma de re-interpretar, sentir y comportarse ante la situación de viajar en avión, descondicionando el miedo que siente e instaurando una forma de estar y viajar confiada, adaptada y tranquila.

Foia socialLa fobia social aparece como un miedo causado por situaciones sociales en las que la persona queda expuesta a la observación y evaluación de desconocidos. La respuesta que experimenta la persona es casi siempre de alta ansiedad, que en algunas ocasiones puede desencadenar ataques de pánico. En los niños suele manifestarse mediante llanto, rabietas, inmovilización. Suele comenzar en la adolescencia con el miedo a ser examinado, criticado o ridiculizado por el grupo de amigos o de compañeros.

La fobia social puede darse circunscrita a situaciones concretas como comer o hablar en público, relacionarse con el sexo opuesto, etc.; o también de forma generalizada que implique todas las situaciones sociales que se dan fuera de un contexto familiar. Dentro de la fobias sociales pueden darse diferentes características generales, habiendo personas que lo que más temen es ser el centro de atención, ya sea cuando son observados mientras trabajan, o por hablar en público; otras personas lo que más temen es la interacción social más informal, conversar con desconocidos o acudir a fiestas, conocer a otras personas; y un tercer grupo manifiesta dificultades a la hora de expresar desacuerdo o desagrado de manera asertiva.

PánicoEl ataque de pánico es experimentado como una aparición brusca o súbita de miedo intenso que se acompaña de síntomas tales como palpitaciones, sudoración, temblores, escalofríos o sofocos, sensación de ahogo o asfixia, opresión en el pecho, náuseas, miedo a perder el control o volverse loco, miedo a morir, mareo, sensación de adormecimiento u hormigueo, pérdida del sentido de la realidad o la sensación de no conocerse o ser otra personas.

Los ataques de pánico suelen comenzar en situaciones de alta tensión emocional relacionada con niveles altos de ansiedad o de estrés duradero. Es por esto por lo que el ataque de pánico suele darse como experiencia asociada a otros trastornos de ansiedad como la agorafobia, a episodios puntuales en los que la persona sufrió un fuerte malestar emocional (un disgusto, etc), o incluso aparecer de manera aislada y desprevenida después de que la persona ha estado sometida a un fuerte estrés mantenido en el tiempo. Cuando los ataques de pánico pasan a ser inesperados y recurrentes, y al menos durante 1 mes la persona manifiesta quejas y/o preocupaciones sobre nuevos ataques y sus consecuencias, asociadas a cambios en su comportamiento, es cuando se habla del Trastorno de Pánico.

Las personas con Trastorno de Pánico suelen desarrollar ansiedad anticipatoria ante la posibilidad de experimentar nuevos ataques de pánico, lo que es descrito como “miedo al miedo”. Esta ansiedad anticipatoria puede llegar a asociarse a situaciones en las que la persona percibe o imagina que sería difícil salir o recibir ayuda en caso de padecer un nuevo ataque de pánico, por lo que poco a poco se tiende a evitar estos lugares (guardar colas en establecimientos, transportes públicos, lugares cerrados con gente como cines, iglesias, supermercados, y aglomeraciones de público… ) generándose así un nuevo trastorno llamado Agorafobia, el cual se define precisamente como miedo a los lugares públicos.

chica estresLas personas con este trastorno suelen manifestar preocupación y ansiedad excesiva de carácter persistente junto a dificultad para relajarse, lo cual hace que la ansiedad y las preocupaciones –el darle continuamente vueltas a las cosas— se vuelvan difíciles de controlar y de resolver, abarcando áreas o actividades de la vida cotidiana relacionadas con el trabajo, los estudios, la salud, la familia o los amigos, e incluyendo también incluso actividades menores, sencillas o aparentemente de poca importancia como las faenas domésticas, la reparación del coche, el llegar tarde a una cita con amigos, etc.

Esta dificultad para relajarse unida al agobio continuo por las preocupaciones suelen conllevar con el tiempo síntomas depresivos e incluso la posibilidad de ataques de pánico.

También se dan asociados al trastorno una cierta variedad de síntomas fisiológicos como temblores, sacudidas, dolores, entumecimientos musculares, manos frías y húmedas, sequedad de boca, sudoración, nauseas, diarreas, dificultades para tragar. Y junto a las preocupaciones se dan también síntomas como inquietud, fatiga, dificultad para concentrarse, quedarse en blanco, irritabilidad, tensión muscular, perturbaciones del sueño y sobresaltos.

estres postraumaticoLas personas que sufren trastorno por estrés postraumático han experimentado, o han sido testigos directos, de algún episodio de agresión física o amenaza para su vida o la vida de otros, sumándose a esta experiencia además una intensa respuesta de miedo, horror o indefensión como reacción emocional. Estas personas han sido normalmente víctimas de catástrofes naturales; accidentes de tráfico, incendios, choques de trenes; o agresiones causadas por otras personas, como es el caso de guerras, atentados terroristas, violaciones, secuestros, torturas o asesinatos de seres queridos, siendo en estas circunstancias cuando el trastorno suele darse de manera más grave.

En la sintomatología de las personas aquejadas de este trastorno aparecen los recuerdos desagradables y reiterados del trauma vivido, las pesadillas, sensación de volver a experimentar la situación traumática asociada a una fuerte reactividad fisiológica y emocional, evitación de las situaciones y estímulos asociados al trauma, distanciamiento o extrañamiento respecto de las demás personas, limitación o acorchamiento de la afectividad que les impiden entablar nuevas relaciones afectivas, sentimientos de culpabilidad, desinterés por las actividades que antes les atraían, sensación de no tener futuro, dificultad para dormir, irritabilidad o explosiones de ira, dificultad para concentrarse, sobresaltos o reacciones de alarma exageradas.

Obsesivo compulsivoLa palabra obsesión deriva del vocablo latino obssesio-onis, que significa “asedio”, siendo precisamente la sensación de ser “asediada” por pensamientos, imágenes o impulsos intrusivos lo que experimenta la persona. Esos pensamientos, imágenes o impulsos, aunque absurdos, son experimentados con una gran ansiedad, debido a su intrusismo y en ocasiones a su contenido “amenazante”, “peligroso” o “moralmente inaceptable”, que hace que la persona, aunque intente resistirse, no pueda “quitárselos de la cabeza” sino es recurriendo en muchas ocasiones a compulsiones, es decir, a otros pensamientos, actos o conductas manifiestas, repetitivas y estereotipadas que tranquilizan y relajan, ayudando a neutralizar la sensación de intrusión o de “amenaza” que representa el pensamiento, la imagen o el impulso obsesivo “inaceptable”, hasta que una situación, una palabra, una imagen, una sensación atraiga de nuevo la obsesión y con ello la compulsiones iniciándose una vez más todo el círculo vicioso. La persona con un Trastorno obsesivo es consciente de su ansiedad y los problemas que le acarrean sus obsesiones y compulsiones, no sabiendo qué hacer para evitarlas. En muchos casos estas personas tienden a sobrestimar la importancia de los pensamientos y las imágenes que les asaltan, creyendo que el sólo hecho de “tenerlas en la cabeza” convierte su “amenaza” o su “inmoralidad” en algo real, lo cual refuerza su estado de ansiedad y el mismo mecanismo obsesivo que las convierte en insidiosas y persistentes. Dependiendo de qué situaciones desencadenen los pensamientos, imágenes o impulsos obsesivos, si éstos presentan o no consecuencias “amenazantes” o “peligrosas”, y según el tipo de conductas que realiza la persona con obsesiones para neutralizarlas, se pueden dar diversos tipos de sintomatología predominante, tales como obsesiones sobre la limpieza, la contaminación por enfermedades, la comprobación repetitiva de puertas o llaves de gas, el orden, hacer daño a alguien o a sí mismo, dudas sobre la identidad sexual, celos, etc.

Trastornos del estado de ánimo

tristezaLa tristeza es una de las emociones que experimentados a lo largo de nuestra vida asociada a situaciones de pérdida real, como la pérdida de un trabajo o un ser querido, un amigo, una relación; o pérdida imaginada, queriendo decir con ello que la interpretación de lo que consideramos una pérdida depende más de nosotros mismos que de la pérdida en sí, y por tanto el grado de tristeza va a estar en función de cómo interpretemos nosotros la pérdida y qué sentido le demos en nuestra vida. También la tristeza puede aparecer en contextos de fracaso de nuestras expectativas, como cuando no conseguimos algo muy deseado por lo que nos hemos esforzado, como por ejemplo un examen. Aquí la sensación de tristeza puede ir unida también no sólo a la importancia que demos a lo que deseamos, sino al esfuerzo que hemos llevado acabo, uniéndose incluso las sensaciones de tristeza con las de frustración, abatimiento, culpabalidad y baja autoestima, o ira y rabia, dependiendo si atribuimos la responsabilidad de la pérdida a nuestros propios actos e intenciones o bien a los ajenos, el azar, la suerte, el destino, etc.

La tristeza no es, por tanto, un sentimiento de por sí patológico, como ninguna emoción desagradable lo es, salvo que ésta, por su duración y/o sus efectos conlleve nuevos problemas en nuestra adaptación y ajuste con el entorno, o un agravamiento de lo que ya existía. Procesos naturales de pérdida como puede ser perder el trabajo, o el duelo por el fallecimiento de una persona querida, desencadenan un sentimiento normal de tristeza, pues lo patológico aquí sería no sentirla, además de que el mismo sentimiento natural de tristeza nos ayuda a darnos un tiempo para reflexionar y asimilar la pérdida antes de reorganizar nuestra vida, ver en qué hemos podido no estar del todo acertados, en el caso de que la causa de la pérdida pudiera depender de nosotros, y trazar de nuevo planes que nos permitan adaptarnos a la nueva situación, y sembrar las semillas de nuevos proyectos.

Cuando la tristeza no disminuye con el tiempo sino que va a más, impidiéndonos elaborar planes de futuro, o reponernos de la perdida, obsesionándonos con supuestos errores del pasado, para ponernos de nuevo en marcha, poco a poco, puede ser la señal de alarma que nos haga pensar que el proceso natural del duelo no va bien, y el momento oportuno de acudir a un profesional que nos ayude a resolver el bloqueo emocional que nos detiene e inmoviliza.

Depresión

La depresión es uno de los problemas de salud que mayor impacto tiene en nuestra sociedad. Se da el hecho, además, de que algunos de sus síntomas participen en otros problemas clínicos como los trastornos de ansiedad, los trastornos psicosomáticos, las adicciones, etc., haciendo que la prevalencia del estado de ánimo deprimido sea bastante elevada. Sin embargo, sentirse triste o deprimido no es síntoma suficiente para padecer una depresión. La depresión entendida como síndrome clínico conlleva, además de la tristeza, un conjunto de síntomas relacionados de los que al menos deben darse cinco de manera casi diaria: disminución del placer o del interés por cualquier actividad, aumento o disminución de peso o apetito, trastornos del sueño, agitación o enlentecimiento psicomotor, sensación de cansancio o pérdida de energía, problemas para concentrarse y tomar decisiones, o pensamientos recurrentes de muerte o suicidio.

La depresión interfiere por tanto en el funcionamiento habitual de la persona, llegando a abandonar en muchos casos los estudios, el trabajo u otro tipo de obligaciones. La depresión no sólo afecta al rendimiento cognitivo, en cuanto a una dificultad para concentrarse, atender o recordar tareas cotidianas, también el contenido de los pensamientos acerca de uno mismo, su entorno, el pasado o el futuro aparecen alterados y distorsionados, sesgados por ideaciones de ruina, autoinculpación o autodepreciación. En muchos casos ni los familiares ni los propios pacientes saben reconocer que encuentran ante una depresión, ya que en determinados pacientes los síntomas que destacan sobre el estado de ánimo deprimido son de tipo físico como problemas en el sueño, ya sea por insomnio o por, el contrario, exceso de sueño; así como molestias corporales difusas como dolores de cabeza, de espalda, náuseas, vómitos, estreñimiento, visión borrosa, etc., de tal modo que en muchos casos estos pacientes suelen acudir a su médico habitual, antes que ha profesionales de la salud mental.

El deterioro de las relaciones interpersonales es también un síntoma y una de las consecuencias características de la depresión, ya que los pacientes tienden a aislarse, y en otras ocasiones son las propias personas que les rodean las que tienden a evitar relacionar con ellos, debido a su dificultad para mantener la atención en las conversaciones, el mutismo, o las continuas quejas. Finalmente los pacientes tienden a aislarse aún más ante este rechazo lo cual redunda en un mayor estado de ánimo depresivo.

TRATAMIENTO

En Gamma Psicólogos contamos con especialistas en depresión que orientarán la intervención terapéutica a cada grupo de síntomas mediante las técnicas apropiadas para estimular o corregir aquellas áreas deficitarias que nos muestra el paciente. De esta manera, se seleccionarán las técnicas más conductuales para aumentar paulatinamente la actividad psicomotora y la estimulación diaria, lo cual redunda en un aumento del tono vital y en una mayor fuente de refuerzos, al tiempo que se irán introduciendo técnicas más cognitivas que ayuden al paciente a reestructurar los sesgos tanto atencionales como de memoria, esquemas de razonamiento disfuncionales, que propician y retroalimentan el estado de ánimo depresivo.

En ciertos casos donde la gravedad de la depresión así lo aconseje, será necesario el tratamiento farmacológico como ayuda inicial para que el paciente pueda lograr un mínimo de implicación y colaboración en su restablecimiento siguiendo las indicaciones del psicólogo en terapia. Así mismo, en los casos de las llamadas depresiones endógenas o melancólicas, con predomino de sintomatología física, e independientemente a su etiología, será necesario el tratamiento farmacológico apropiado.

La ayuda psicológica podrá ir dirigida tanto a personas que cumplan con los criterios diagnósticos de una Depresión Mayor, como a aquellas personas, que sin llegar a presentar el cuadro diagnóstico, manifieste diferentes síntomas relacionados con su estado de ánimo, ya sea tristeza, falta de ilusión o energía, irritabilidad, etc.  

distimiaLa distimia hace referencia a estados depresivos leves, con un número menor de síntomas que la depresión, pero muy prolongada en el tiempo, más de 2 años, de tal manera que antes se tendía a explicar en función de rasgos estables de la personalidad del paciente, si bien actualmente se ha desechado esta hipótesis por considerarla imprecisa. La distimia se considera hoy como un trastorno afectivo de naturaleza subsindrómica, donde pueden darse periodos en los que el cuadro clínico se agrava, llegando en ocasiones a cumplir los criterios de un episodio depresivo mayor.

Es importante, durante la evaluación del paciente, efectuar un correcto análisis de los síntomas para discriminar otros posibles diagnósticos como pueden ser trastornos depresivos mayores en fase de remisión parcial, trastornos bipolares, psicóticos o en los que su estado de ánimo se deba al consumo de sustancias u otras condiciones médicas.

La intervención partirá de un diseño similar a un caso de Depresión, aunque ajustándose en cada caso a la idiosincrasia y situación particular de cada paciente.

Trastornos psicosomáticos

trastornos psicosomaticosCualquier trastorno o enfermedad física implica a la vez alteraciones psicológicas, de la misma manera que muchos trastornos psicológicos conllevan alteraciones físicas. Lo psicosomático hace pues referencia a las relaciones recíprocas entre factores psicosociales y biológicos que se dan en muchos de los procesos patológicos que conllevan trastornos o alteraciones de la salud.

La intervención en terapia irá pues encaminada a aprender a manejar aquellas variables y factores cognitivos, emocionales, sociales y/o de comportamiento, dentro de una perspectiva holista, que concurren en el agravamiento o mantenimiento tanto del trastorno psicosomático como de síntomas añadidos.

El control y expresión de la ira, el afrontamiento del estrés, por ejemplo, en pacientes con trastornos cardiovasculares o de hipertensión, o bien el manejo de la ansiedad y la tristeza en pacientes con dolor crónico, redundará en una mejor evolución y pronóstico del resto de factores asociados al trastorno. Asimismo el refuerzo de conductas asociadas a la salud como la dieta, el ejercicio físico o el control de ciertas adicciones, van a favorecer en definitiva una mejor recuperación y un mayor equilibrio del curso de la salud.

Dolor cronicoLos estudios actuales sobre el dolor parten de la Teoría de la Puerta de Melzack y Wall, de 1965, sustentada ampliamente en la investigación neurofisiológica. A partir de esta teoría el dolor deja de ser comprendido como una simple sensación fisiológica producida por una lesión o daño en los tejidos del órgano afectado, para abordarse como una experiencia compleja en la que se combinan diferentes dimensiones tanto sensoriales, emocionales o afectivas, como cognitivas.

Hoy en día, por tanto, el dolor no es solamente el reflejo de un daño tisular, sino que tiene una parte subjetiva y emocional, pudiendo aparecer incluso en ausencia de dicho daño.

Los factores que afectan al dolor se agrupan en factores biológicos como la actividad de la enfermedad, la forma física en la que se encuentra el paciente o la toma de la medicación; factores psicológicos como las emociones, la autoeficacia, la personalidad del paciente, distorsiones o sesgos cognitivos, conductas asociadas al dolor, entre otros; y factores sociales como el apoyo social percibido, la adaptación conyugal y familiar, etc.

El dolor crónico aparece frecuentemente asociado a trastorno del estado de ánimo, así como a trastornos de ansiedad. Los pacientes aquejados de dolor crónico obtienen, por ejemplo, una prevalencia considerablemente mayor en depresión que la población normal sin dolor. Y según diversos estudios, la presencia de tristeza en el paciente predice aumentos el dolor percibido. Las personas con dolor crónico son más ansiosas y miedosas que las personas sin dolor, dándose mayor incidencia de trastornos de ansiedad que en la población general. La presencia de ansiedad en un paciente con dolor crónico, en especial la ansiedad o miedo al propio dolor, tiende a disminuir su tolerancia al dolor, intensificando su percepción e intensidad, y predisponiendo a nuevos episodios de dolor de manera más frecuente y prolongada, los cuales son mantenidos en parte por la conducta de evitación del dolor que llevan a cabo estos pacientes. Al mismo tiempo los pacientes con altos niveles de ansiedad tienden a desarrollar estados de hipervigilancia hacia el dolor o cualquier estímulo doloroso, haciendo que su percepción del dolor así como su intensidad aumenten, dándose un peor comportamiento cara a la enfermedad en estos pacientes, así como en actividades de la vida cotidiana, la concentración y la memoría.

Los pacientes con dolor crónico presentan niveles más altos de ira y hostilidad que la población sin dolor, siendo la expresión de la ira un factor etiológico o de progresión de enfermedades como la hipertensión, trastornos cardiacos o el cáncer.

La intervención psicológica en pacientes con dolor crónico, según lo que hemos visto, se justifica en la necesidad de ofrecer al paciente, integrada junto a la terapia farmacológica, un entrenamiento y desarrollo en estrategias con las que pueda controlar y manejar sus emociones negativas, tales como la depresión, la ansiedad o la ira. Así mismo la intervención psicológica busca desarrollar en el paciente un afrontamiento activo y una mayor adaptación antes las incapacidades que pueden surgir en la vida cotidiana, de tal manera que junto al manejo de las emociones se dé una mejora en la autoconfianza, control del dolor y una correcta interpretación de las circunstancias que rodean la vida del paciente facilitando su correcta adecuación al medio social y familiar.

cefaleaLas cefaleas primarias son aquellas en las que no existe una causa estructural o metabólica de origen físico que explique la sintomatología. Dentro de esta categoría se encuentran incluidas la cefaleas tensiónales que son aquellas en las que el origen del dolor se encuentra en la tensión muscular acumulada y mantenida en zonas de los hombros, el cuello o la cabeza, debido a malas posturas, estrés o cansancio. Si el dolor va a acompañado de otros síntomas como mareos, debilidad, trastornos sensitivos como hormigueos o cambios en la visión, o aparece por la mañana aún después de haber descansado, puede que no se trate de una cefalea causada por la tensión y la persona deba someterse a un examen médico exhaustivo.

La mayor parte de las veces el dolor no es frecuente en el tiempo y el descanso añadido a la toma de un analgésico son suficientes para mitigar y calmar la cefalea. El problema surge cuando la cefalea pasa de ser esporádica a frecuente, o se asocia regularmente a determinadas situaciones que generan tensión o estrés a la persona que las sufre. Así mismo, ciertos estados emocionalmente negativos como la depresión, pueden estar asociados a cefaleas tensionales. En estos casos los analgésicos sólo constituirán un remedio momentáneo y sintomático, puesto que el origen de la cefalea se encuentra en la tensión muscular acumulada, que a su vez, está generada en la falta de habilidades adecuadas de la persona para afrontar determinadas situaciones que la generan un estrés que en lugar de ir disminuyendo con el tiempo, se mantiene o incrementa, desgastando y anulando las capacidades de resistencia y adaptación que tiene el organismo de manera natural. Exceso de trabajo o preocupaciones, ansiedad a determinadas situaciones, falta de habilidades interpersonales, sensación de indefensión o inutilidad ante ciertas circunstancias pueden estar manteniendo un desajuste con el medio que, entre otros síntomas, y dependiendo del tipo de reactividad fisiológica y autonómica de la persona, conlleva el padecimiento frecuente de cefaleas tensionales.

El tratamiento irá por tanto encaminado a evaluar el repertorio de habilidades de la persona, así como el conjunto de actividades que desempeña, las interacciones que mantiene con otras personas, etc., de tal manera que en base a esta evaluación se diseñe la intervención más adecuada para cambiar aquellos hábitos y estilos de afrontamiento que están en la raíz de la sintomatología, por otros más adaptativos y eficaces a la hora de reducir la tensión y conseguir un mejor autocontrol de las propias reacciones fisiológicas y emocionales.

hypertensionLa hipertensión esencial o primaria, es un trastorno psicofisiológico en el que inciden múltiples factores que facilitan o agravan su desarrollo. La hipertensión no va acompañada de ninguna sintomatología específica que permita detectarla; no produce malestar, dolor, incapacidad como la mayoría de las enfermedades. Sin embargo es un factor grave de riesgo para salud pues de ella se pueden derivar enfermedades como la cardiopatía isquémica, la insuficiencia cardiaca congestiva, la insuficiencia renal o la patología cerebrovascular. Por ello se la ha llegado a denominar como el «asesino silencioso», porque cuando se manifiesta ha producido algunos de estos daños.

Junto a la evaluación de factores hemodinámicos como la presión arterial, es necesario evaluar también qué factores psicosociales y facilitadores agravan en el trastorno. Entre los primeros será necesario a averiguar las condiciones o entornos en los que vive la persona, si resultan o no estresantes para el paciente, así como los recursos que posee para hacer frente a esas situaciones estresantes, es decir las habilidades sociales, estilos de afrontamiento, autocontrol y manejo de la afectividad negativa, capacidad de resolver problemas y factores de personalidad. Entre los factores facilitadores de la hipertensión habrá evaluar las conductas de salud que lleva a cabo el paciente a través de sus hábitos alimenticios, control del peso, tabaco, ejercicio físico.

Las intervención estará pues diseñada para enseñar y entrenar al paciente en aquellas técnicas que le permitan un mejor control de su tensión arterial, de manera indirecta a través de la relajación, por ejemplo, o del control de hábitos saludables; así como un mejor manejo de factores emocionales y/o de personalidad para hacer frente de manera optima a momentos de ansiedad, ira o estrés.

dolor tripasLa investigación psicofisiológica de determinados trastornos gastrointestinales ha puesto de manifiesto en los últimos años la implicación de diversos mecanismos psicológicos en génesis y mantenimiento, en particular la relación entre los procesos de estrés, derivados de problemas y preocupaciones de la vida cotidiana deficientemente afrontadas, y el funcionamiento gastrointestinal anormal. En este sentido, una característica común a diversos trastornos psicofisiológicos es la ocurrencia de eventos estresantes que preceden al comienzo y/o exacerbación de la sintomatología típica en estas dolencias. Estos eventos o situaciones, que son vividos de manera estresante o emocionalmente perturbadora, al interactuar con diversas características psicológicas y de vulnerabilidad del paciente, precipitan los trastornos psicofisológicos gastrointestinales.

Son numerosas las investigaciones cuyos resultados concluyen la estrecha relación existente entre situaciones vividas, la experiencia emocional asociadas a estas situaciones, los hábitos cotidianos, factores de personalidad y de reactividad psicofisiológica y las respuestas gastrointestinales de la persona. Así las preocupaciones de índole económica, familiar, laboral y sanitaria, son un factor importante en la manifestación de síntomas asociados con trastornos inflamatorios intestinales, el espasmo esofágico difuso, las úlceras pépticas o el síndrome de colon irritable, entre otros.

En este sentido, uno de los objetivos fundamentales durante el tratamiento será dotar a los pacientes de las destrezas y habilidades para afrontar de manera más eficaz y saludable, tanto emocional como comportamentalmente, las situaciones y las disyuntivas ante las que están expuestos en la vida cotidiana, así como una visión realista acerca de las consecuencias e impacto que provocan los síntomas del trastorno gastrointestinal, cara a la búsqueda de un remedio adecuado.

cardiopatiaLa cardiopatía isquémica puede manifestarse mediante el infarto de miocardio, la angina de pecho, la muerte súbita o la insuficiencia coronaria. Los factores que contribuyen al desarrollo de esta enfermedad se dividen en 3 categorías: factores de riesgo inherentes a la persona como la edad avanzada, el ser hombre frente a ser mujer, padecer diabetes, o la predisposición genética; factores clásicos de riesgo como la hipertensión, el tabaco, la obesidad con una dieta rica en grasas y colesterol que favorecen la formación de placas de ateromas en los vasos sanguíneos del corazón, falta de ejercicio físico, consumo de alcohol y exceso de cafeína; y factores emocionales y de personalidad de riesgo que influyen en un estilo de afrontamiento del estrés y las dificultades basado en la competitividad, la ambición, la ira, la hostilidad, la impaciencia y las prisas, el deseo de tenerlo todo bajo control y de alcanzar el éxito cueste lo que cueste.

Los factores emocionales de riesgo que describimos favorecen que la persona actúe ante las dificultades o retos que le presenta la vida cotidiana con una alta reactividad tanto del sistema nervioso autónomo como neuroendocrino, lo que obliga a un mayor esfuerzo del sistema cardiovascular, y con ello a una mayor facilidad de que se formen placas de ateroma en los vasos sanguíneos del corazón, y que tarde o temprano se produzca un fallo vascular en alguna de las formas que hemos nombrado al principio.

Nuestra intervención se desarrolla en dos situaciones diferenciadas:

Una situación preventiva, dirigida primero a evaluar y después a reducir los factores de riesgo detectados según el caso, interviniendo mediante programas anti-hipertensivos, anti-tabaco o anti-alcohol, control de la dieta y desarrollo de un plan de ejercicio físico, y tratamiento sobre los factores emocionales a través de la intervención sobre el estilo de afrontamiento agresivo e impaciente característico de estos pacientes ante el estrés, así como una reeducación para un mejor control y regulación de emociones básicas como la ira y la hostilidad.

Una situación de rehabilitación y tratamiento médico, después de haberse producido ya un episodio coronario. En este caso es importante evaluar la condición psicológica del paciente después de sufrido el episodio, así como orientar la intervención hacia la adherencia a los tratamientos médicos o consejos dados por el médico, teniendo como objetivo final la reinserción social para aquellos pacientes cuyo tratamiento médico es severo, particularmente en los ámbitos laboral y sexual.

Trastornos de alimentación

Chica con manzanaEntendemos que existe un trastorno de la alimentación cuando se observa que la conducta alimentaria esta alterada, como consecuencia fundamentalmente de los intentos por controlar el propio peso y el cuerpo, pero también como resultado de conflictos de orden psicológico que evidencian distorsiones o déficits en el manejo de las emociones, la autoestima, y las relaciones sociales y familiares.

La preocupación por el peso y las dietas se ha convertido en un modelo común en las mujeres de la sociedad occidental, donde la delgadez como ideal de belleza y el cambio de roles de la mujer, ha propiciado que la imagen personal sea no sólo ya una cuestión de estética, sino signo de éxito, de eficacia y autocontrol personal. Resulta pues compresible que en edades en las que las personas, en particular las mujeres, comienzan a desarrollar una vida social y laboral más intensa, como es en la adolescencia tardía y en la juventud, donde la necesidad de logro y la presión o la competitividad por alcanzarlo se vea acrecentada, aparezcan hábitos y actitudes de restricción alimentaria y control de peso como forma derivada de manejar las propias expectativas de éxito, o de afrontar la afectividad negativa asociada a los fracasos; si estos hábitos alimentarios se convierten en la principal forma de control percibido sobre sí mismo y el medio, y pasan a ser severos o extremos, podemos estar a las puertas del desarrollo de uno de estos trastornos, como pueden ser la anorexia nerviosa, la bulimia y también la obesidad.

Cada caso deberá ser evaluado en orden a las características propias de cada paciente, y en función de saber qué factores han actuado o están actuando a la hora de predisponer, desencadenar y perpetuar el trastorno.

midiendo tripaLa obesidad es un problema complejo en el intervienen factores genéticos, metabólicos, nutricionales, psicológicos y sociales. Centrándonos primeramente en los factores sociales, se hace evidente que desde mediados del pasado siglo la delgadez como patrón común de belleza y estereotipo social asociado al éxito o la moda, ha ido marcando cada vez más los hábitos cotidianos en relación con la alimentación de un mayor número de personas. Sin embargo, y aunque parezca paradójico, a la par el número de personas aquejadas de diversos trastornos alimentarios, y especialmente, aquellos que sufren obesidad ha aumentado de manera significativa.

Al mismo tiempo la acumulación de tareas, responsabilidades y obligaciones propias del actual estilo de vida, cada vez más apresurado, ha influido en la desorganización de ciertos hábitos saludables, y en particular de los relacionados con la alimentación. Comidas apresuradas, a destiempo o fuera del hogar, unido a la escasa actividad física, influyen para que la obesidad haya crecido en cuanto a su prevalencia en los últimos años.

Paralelamente a los factores sociales, desde hace algunos años se ha venido destacando la importancia de los factores psicológicos, y en particular de los emocionales, a la hora de explicar los procesos que favorecen la obesidad. Los estudios realizados al respecto permiten concluir que la activación producida por estados emocionales displacenteros como el aburrimiento, la ansiedad, la ira o el estrés, actúan con inductores de una mayor ingesta de alimentos, la cual puede actuar o como reductora del malestar inducido por tales estados emocionales, o como reforzante en sí. Al mismo tiempo, estos estados emocionales negativos pueden aparecer de forma significativa asociados a periodos de dieta o de restricción voluntaria de alimentos, que van a favorecer el incumplimiento de la misma dieta, así como la posible aparición de episodios descontrolados de ingesta, generando nuevos episodios de malestar emocional, y con el tiempo la instauración de trastornos alimentarios que antes no existían.

La intervención y tratamiento psicológico de la obesidad, unido al tratamiento médico en cuanto al diseño de una dieta saludable según las características morfológicas y metabólicas del paciente, debe ir encaminado según lo que hemos visto al mejor control y disminución de los estados emocionales displacenteros o negativos, que incrementan el aumento de la ingesta, así como a favorecer en la persona el fomento de emociones positivas y placenteras mediante el entrenamiento en habilidades de afrontamiento y autocontrol. Junto a ello será también necesario, la adquisición de habilidades y pautas de comportamiento nuevas con relación a la alimentación y a la actividad física, que incorporadas de forma natural a los hábitos cotidianos del paciente, les permitirán mantener los cambios de peso obtenidos.

AtracandoseEl Trastorno por Atracón (TA) se ha identificado en personas que se dan atracones de comida de forma recurrente y compulsiva, acompañados de falta de control sobre la alimentación y un profundo malestar emocional. Existen también otros trastornos de la alimentación en donde se producen atracones o sobreingesta compulsiva de comida, como en la Bulimia Nerviosa, sin embargo en la persona que sufre el Trastorno por Atracón no se dan conductas compensatorias, tales como vómitos autoinducidos, abuso de laxantes o diuréticos, ayuno y ejercicio físico excesivos.

Los atracones suelen tener una serie de características como el comer a solas para esconder la voracidad, comer a pesar de no tener hambre, ingerir los alimentos de manera más rápida de lo normal y en grandes cantidades hasta sentirse desagradablemente lleno, y sentirse a disgusto con uno mismo o con un gran culpabilidad después del atracón. Estos episodios suelen darse unos 2 días en semana durante al menos 6 meses por término medio.

Los estudios epidemiológicos han detectado que el Trastorno por Atracón (TA) suele ser frecuente incluso entre la población general, pero donde sí se ha visto su importancia clínica es en relación con la obesidad y diversas alteraciones psicológicas. Las personas con Trastorno por Atracón suelen tener sobrepeso y frecuentemente sufren de depresión, ansiedad u otros trastornos. En el conjunto de personas con obesidad pueden llegar al 8% los que sufren de TA y hasta un 30% en aquellas que reciben algún tipo de tratamiento para adelgazar.

Los estudios que se han realizado señalan como factores propiciatorios de los atracones los pensamientos sobrevalorados acerca de la figura y el control del peso, el seguimiento crónico de dietas restrictivas, unido a estados emocionales negativos consecuencia de problemas interpersonales además de los propios efectos restrictivos de la dieta como son el hambre, la frustración y el no darse cuenta de cuándo se está saciado. Todo ello contribuye a que aparezcan episodios de descontrol y sobreingesta compulsiva, que vuelven a generar sentimientos negativos, de culpa y baja autestima que ponen en marcha de nuevo conductas alimentarias restrictivas generando otra vez frustración y nuevos episodios de descontrol, instaurándose un círculo vicioso.

La intervención psicológica deberá ir encaminada a tratar la multiplicidad de factores que inciden en este trastorno de alimentación. Convendremos en diseñar una intervención en varias fases donde en la primera de ellas se suministre a la persona información y educación nutricional acerca de la importancia de la ingesta y la actividad física en el control del balance energético y la tasa metabólica, así como de los efectos negativos de las dietas restrictivas. En sucesivas fases se entrenará a la persona en el manejo de la estimulación medioambiental sobre la conducta de ingesta y la influencia sobre ésta de factores sociales y emocionales, lo cual redundará en la modificación del estilo de comer y así como de los patrones de la actividad física. Será necesario también intervenir en la mejora de la condición psicológica de la persona preparándola para el afrontamiento de sus respuestas emocionales, de tal manera que no determinen los atracones compulsivos, así como propiciar la autoaceptación de su imagen corporal contrarrestando las evaluaciones negativas. Para finalizar se enseñarán al paciente diversas estrategias de prevención de recaídas.

Anorexia y bulimiaLa anorexia nerviosa y la bulimia nerviosa son dos trastornos de la alimentación que están actualmente tristemente de moda, debido a su gran incremento entre la población durante los últimos años en las sociedades industrializadas. Ambos trastornos poseen ciertas características comunes: una idea sobrevalorada de la delgadez, una excesiva preocupación por el peso y un miedo desproporcionado a engordar, lo cual conlleva un alteración significativa de los comportamientos relacionados con la ingesta, facilitando la aparición de comportamientos anómalos con el fin de adelgazar o no ganar peso.

La anorexia nerviosa se identifica principalmente por una pérdida significativa de peso corporal, producto de la restricción drástica de la ingesta, así como la práctica en exceso de ejercicio físico, la autoinducción de vómitos o el uso de laxantes; un intenso miedo a ganar peso, pese a que se adelgace; sobrevaloración de las dimensiones del cuerpo, exagerando la importancia que tiene la figura para la propia autoestima y valoración de la persona; y la presencia de importantes alteraciones físicas como amenorrea en las mujeres, perdida de interés o potencia sexual en varones, etc. Existen dos tipos de anorexia, de tipo restrictivo en la cual los individuos restringen de manera permanente la ingesta de alimentos, o de tipo bulímico, donde se producen episodios de atracones seguidos de conductas purgativas como vómitos o laxantes.

La bulimia nerviosa se caracteriza por la presencia de frecuentes episodios de atracones de comida, durante los cuales la persona ingiere grandes cantidades de alimento en un corto periodo de tiempo, y donde predomina la sensación de no poder parar de comer; tras el atracón aparecen intensos sentimientos de culpa y repulsa hacia sí mismo que llevan a la inducción de vómitos, abuso de purgantes, etc., tratando de mitigar los efectos del atracón en algunos casos, mientras que en otros se recurre al ayuno y al ejercicio físico como forma de contrarrestar el atracón; existe también preocupación la figura y la pérdida de peso, las cuales condicionan la propia consideración de la persona, pero en la bulimia se mantiene un peso normal según la talla y la edad, al contrario que en la anorexia. Al igual que en la anorexia, en la bulimia aparecen dos tipos, la bulimia purgativa en la que predominan, como hemos dicho, los vómitos y los laxantes para compensar los atracones, y la bulimia no purgativa donde el atracón se compensa mediante el ayuno y el ejercicio físico.

También existe un porcentaje de personas con alteraciones en la ingesta, pero no cumplen de manera completa con estas características, y que tienden a englobarse un trastorno del comportamiento alimentario no especificado.

En relación a las causas de estos trastornos debemos tener en cuenta que tanto la anorexia como la bulimia son trastornos complejos que obedecen a factores biológicos, psicológicos, sociales y que los modelos actuales de vulnerabilidad-estrés tienden a dividir estos factores en aquellos que predisponen a padecer el trastorno, aquellos que los precipitan y los desencadenan, y aquellos que los mantienen y pueden cronificarlo.

Entre los factores predisponentes nos encontramos con variables personales como ser mujer, encontrarse en la etapa de la adolescencia donde se es más vulnerable a las críticas y las presiones sociales, tener o haber tenido en algún momento de sobrepeso, seguir dietas o haber sido objeto de comentarios o burlas respecto del aspecto físico. También aparecen variables familiares como madres obesas preocupadas por la imagen, existencia de conflictos o psicopatologías en la familia. Finalmente como variables sociales aparecen la presión social hacia la delgadez y su idealización.

Entre los factores precipitantes que desencadenan el cuadro aparece algún acontecimiento estresante que tiene que ver con cambio de colegio, separación de los padres, fracaso escolar, etc., o que se relaciona con el cuerpo y la imagen corporal como el incremento rápido de peso, los cambios corporales propios de la adolescencia o burlas hacia la imagen corporal. Estos sucesos son los que despiertan el miedo a engordar y ponen en marcha las conductas restrictivas de ingesta o purgativas para compensar las calorías ingeridas. Es en este momento donde pueden aparecer también los atracones debidos a los periodos de ayuno severo.

Como factor de mantenimiento resulta clave la dieta restrictiva, ya que restricción de los alimentos produce a largo plazo la reducción del metabolismo basal, lo que facilita la posibilidad de ganar peso aun ingiriendo pocas calorías, ayudando a cronificar el cuadro. La reducción en la ingestión del alimento produce también frustración y baja sensibilidad a claves internas que propicia la obsesión por la comida y la aparición de episodios bulímicos al no ser capaz de discriminar entre hambre y saciedad. Además, el seguimiento de la dieta restrictiva tiende a dar sensación de control frente a la ansiedad y ante las alabanzas de personas del entorno, con lo cual resulta reforzada.

El tratamiento para la Anorexia nerviosa se centra en la consecución de seis objetivos básicos: restaurar el peso mediante un dieta equilibrada, mejorando la condición física; modificar creencias irracionales y disfuncionales sobre el peso y la comida lo que ayuda a reestrablecer los hábitos alimentarios; mejorar la imagen corporal corrigiendo las distorsiones perceptivas y las ideas irracionales sobre la propia imagen corporal; modificar la sintomatología asociada al trastorno; mejorar las relaciones familiares y sociales; y prevenir las recaídas.

En el caso de la Bulimia Nerviosa el tratamiento se desarrolla mediante 3 fases. Los objetivos en la primera fase deben contribuir a la introducción de un patrón de comidas regulares, explicando a la paciente la naturaleza del trastorno, las consecuencias negativas del uso de laxantes o el recurso a los vómitos, todo con el fin de comenzar el cambio sobre los hábitos alimentarios, la reducción de los atracones mediante actividades alternativas y la comprensión de los factores que mantienen el trastorno. La segunda fase del tratamiento debe ir encaminada a la eliminación de las dietas estrictas, controlar los antecedentes que desencadenan el atracón y modificar las ideas distorsionadas sobre la figura y el propio cuerpo. La tercera y última fase debe ir encaminada al mantenimiento de los logros terapéuticos y la prevención de las recaídas.

Trastornos del sueño

Trastornos del sueñoEntre los trastornos del sueño el insomnio es que el que obtiene una mayor prevalencia. El insomnio hace referencia tanto a la dificultad para quedarse dormido, insomnio de iniciación, como a la incapacidad para mantener el sueño durante toda la noche, insomnio de mantenimiento, lo cual puede deberse a múltiples interrupciones, o por la costumbre adquirida de despertarse muy temprano y no poder conciliar el sueño de nuevo.

La presencia del insomnio puede darse de manera irregular, esporádica o crónica lo cual asegura la presencia de un trastorno que es preciso resolver. En este último caso, el insomnio puede estar motivado por una carencia de hábitos regulares que aseguren un estado de relajación o de predisposición al sueño a determinadas horas, la presencia de una activación elevada resultado de esa falta de hábitos propicios para el sueño, actividades estimulantes antes de ir a dormir, o estados emocionales intensos. Además, el mantenimiento del insomnio suele darse en muchas ocasiones por los pensamientos negativos, y las reacciones emocionales asociadas, de la propia persona ante su incapacidad para dormirse.

El tratamiento farmacológico es el recurso más fácil y clásico a corto plazo, pero a medio / largo plazo sus resultados son contraproducentes e insatisfactorios, debido tanto a los efectos del propio fármaco, como a que su uso no contribuye a modificar los patrones de conducta instaurados que mantiene la cronicidad del insomnio. Los problemas relacionados con la tolerancia y la dependencia al fármaco obligan a aumentar la dosis para mantener los efectos iniciales, sin resolver nunca el problema. Esta falta de efectividad aconsejan el empelo de alternativas terapéuticas cuyo principal objetivo sea enseñar al paciente a poner en práctica comportamientos y hábitos adecuados que propicien y mantengan una higiene del sueño satisfactoria, modificando los patrones de conducta y los estados emocionales desajutados.

No podemos olvidar tampoco que el insomnio como tal puede constituir un síntoma de otros trastornos psicológicos o incluso médicos. Una correcta evaluación del problema debe ayudarnos a determinar los posibles factores que intervienen para poder realizar la intervención terapéutica adecuada o la derivación pertinente si tal es el caso.

Adicciones y Control de Impulsos

marionetaRecientemente se han venido considerando ciertas conductas como adictivas cuando dicha denominación se reservaba al consumo de sustancias que tenían la potencialidad de producir dependencia, ligada posteriormente a su abuso. Con los años se ha observado que existen también conductas que en sí mismas, y sin mediar ningún tipo de sustancias, tienen la capacidad de producir dependencia, así como algunas de las características asociadas con la dependencia de sustancias. En este sentido el concepto de adicción se ha hecho más extenso y complejo, apareciendo otros términos nuevos asociados al de adicción, como es la pérdida de control, concepto hoy esencial para la explicación de las conductas adictivas. Actualmente se incluyen dentro de las conductas adictivas tanto el consumo abusivo de sustancias psicoactivas que producen dependencia, tales como el alcohol, la heroína, la cocaína, etc., como distintas conductas, tales como el juego patológico, las compras compulsivas, el trabajo, el sexo compulsivo, el abuso de Internet o de las nuevas tecnologías, etc.

tabaquismoLa nicotina es la sustancia causante a nivel biológico de la adicción y la dependencia del tabaco, si bien en tal adicción también influyen factores de tipo social y psicológico, dado que fumar es en sí mismo una experiencia aversiva, hasta que con la practica no se ha desarrollado un efecto de tolerancia a la nicotina, para convertirse entonces en una experiencia reforzante que se irá generalizando a multitud de situaciones y contextos.

La nicotina es una sustancia cuyas propiedades euforizantes y reforzantes, tienen cierto grado de similaridad con la cocaína y los opiáceos, teniendo con estas adicciones muchos puntos en común. En realidad la nicotina es usada por el fumador como mecanismo de afrontamiento psicológico ante estados de ánimo negativo como la tristeza o la ira, para reducir el estrés, situaciones que producen ansiedad, controlar el peso, etc. En cualquier caso, el fumador irá negando, en función del grado de su dependencia, todas la informaciones negativas sobre el tabaco pensando que no le incumben, o al menos le incumben a otros; sensación de inmunidad que es facilitada por la aceptación, facilitación y potenciación del hábito de fumar que existe en familiares, amigos, compañeros, etc., sin contar la influencia de la publicidad que hasta hace unos años asociaba, sobretodo entre los más jóvenes, cierto roles de madurez, prestigio o éxito social al consumo del tabaco.

El inició del tratamiento para dejar de fumar debe contar primero con la decisión y la motivación necesarias por parte del fumador, ya que quien no quiere dejar de fumar no podrá beneficiarse de ninguna técnica para hacerlo. Para ello el fumador que desea dejar de serlo debe primero tener claro sus objetivos y planteárselos de manera realista. Ante de llegar a la decisión firme de dejar de fumar, el fumador puede pasar por varias fases, las cuales deben estar guiadas por el profesional. Los programas actuales para dejar de fumar, incluyen diferentes técnicas para acompañar y ayudar al fumador durante el proceso de deshabituación, desde la preparación, la reducción del consumo de tabaco, la elección del momento del abandono definitivo, el mantenimiento de la abstinencia, la prevención de la recaída, y las posibles estrategias a tomar ante una posible recaída.

alcoholismoEl alcohol cumple una gran variedad de funciones en nuestra sociedad tales como psicotrópica, terapéutica, alimentaria, como fuente de calorías para ciertos trabajos que requieren esfuerzo, como instrumento de cohesión, integración y estructuración cultural, como mecanismo de identificación y control social, como forma de transgresión, como recurso de afrontamiento y adaptación en situaciones de cambio, como modo de “llenar” “tiempos vacíos”, y como mecanismo de sociabilidad. Todo ello es razón para que el alcohol sea consumido por un alto porcentaje de la población a diario o esporádicamente, y que dicho consumo se convierta en un problema cuando además de afectar a la persona como patología médica, conlleva alteraciones y conflictos en la vida social y familiar, terminando por convertirse en muchos casos en un problema de salud mental.

El alcoholismo es un trastorno que entre los varones suele iniciarse en la adolescencia, progresa lentamente, y se convierte en un problema hacia los veinte años. La dependencia del alcohol requiere un abuso reiterado de la bebida durante años, en los que el alcohólico desarrolla un patrón de comportamiento característico. Entre las mujeres, aunque también en algunos varones, el alcoholismo suele darse a una edad avanzada sin que hayan existido problemas de abuso o dependencia del alcohol anteriores. En los últimos años se observa en la población joven un cambio del patrón clásico de bebida de los países latinos o productores de vino, en los que se consume alcohol de manera regular y en cantidades moderadas, al modelo de bebida anglosajón, donde se ingieren grandes cantidades de alcohol en periodos cortos de tiempo, las noches de los fines de semana, hasta llegar a la embriaguez.

Los principales problemas que nos encontramos en el alcohólico tienen que ver el patrón de consumo adquirido. Estos problemas van desde los agudos como la intoxicación o la abstinencia, a problemas desarrollados a lo largo del tiempo como la dependencia y el abuso. El consumo continuado y reiterado de alcohol produce dependencia física, cuyo síndrome de abstinencia puede ser grave o incluso mortal.

Los tratamientos psicológicos del alcoholismo pueden estar orientados a la abstinencia completa o a un uso controlado de la bebida, sin embargo su elección está en función de la evaluación previa del problema, los recursos y habilidades de la persona, el grado de patología o secuelas físicas alcanzado, el nivel de exigencias y expectativas del medio social y familiar, y los patrones motivacionales hacia la bebida frente a otras áreas de la vida, entre otros. La intervención psicológica combina programas de autocontrol y multicomponente, junto a entrenamientos en habilidades sociales y de afrontamiento, y diversas técnicas para reducir la ansiedad y el estrés, así como de técnicas para el incremento de la motivación al proceso de cambio. Dependiendo de cada caso, también puede ser necesario la intervención mediante las técnicas apropiadas de otros problemas asociados al alcoholismo, y que suelen ser frecuentes como los derivados de la depresión, la ansiedad y el deterioro de la convivencia familiar.

Juego patológicoLos juegos de azar forman parte de las formas de entretenimiento de muchas personas sin que supongan ningún problema en particular. Sin embargo, el tiempo que se dedica a esta actividad y la capacidad para controlar de forma voluntaria la implicación en el juego, es lo que en principio puede diferenciar a un jugador social o controlado de un jugador con problemas para mantener el control o del jugador patológico.

El jugador social, juega de vez en cuando o de manera regular, teniendo como mero fin el entretenimiento, el ocio, o para interactuar socialmente, pero siempre mantiene el control emocional sobre la conducta, pudiendo dejar de jugar cuando lo desea, independientemente del dinero que pierda o gane y de la frecuencia con que juegue.

La evolución de una persona que se acerca al juego simplemente para divertirse o pasar el rato, o incluso por la oportunidad de ganar algún dinero rápida y cómodamente, y con el tiempo termina perdiendo el control y dependiendo emocionalmente de él, pasa por diversas fases, que parten de una fase de ganancias, en la que se genera una falsa ilusión de control y éxito que lleva a una cada vez mayor implicación emocional en el juego; pasando posteriormente a una fase de pérdidas y el deseo de recuperarse, siendo aquí donde empieza a perderse el control y a surgir los problemas laborales, familiares y económicas; y terminar en una fase de desesperación y de jugar por jugar. El mecanismo que genera la dependencia al juego aparece ante el riesgo que supone la situación de jugarse sumas cada vez más altas, junto a la asunción del reto que conlleva la ilusión sobre el dominio de las reglas de juego y el azar, asociadas a unas posibles ganancias iniciales, lo cual induce en el jugador unos fuertes estados emocionales de los que, si su modo de jugar se vuelve sistemático y frecuente, puede quedar dependiente. Además de la activación emocional, que suele ser más alta cuanto más habitual se vuelva la conducta de juego, intervienen otros factores como el tipo de juego, o las distorsiones en el pensamiento e ilusiones en las que suele incurrir el jugador y que le hacen sobreestimar su dominio del juego o su suerte como superior a la mera probabilidad estadística del azar, lo que a la larga le harán incurrir en muchas más pérdidas que ganancias. El jugador patológico llega al punto de dedicar todo su tiempo y dinero a jugar, desatendiendo y lesionando cualquier otro objetivo personal, familiar, social o laboral.

La intervención psicológica debe ir encaminada no sólo a buscar la abstinencia o un uso controlado del juego por parte de la persona a través de la recuperación del control y la modificación de la ilusiones sobre juego, sino la evaluación e intervención en el resto de áreas y problemas asociados de la persona para ver hasta qué punto están afectadas las relaciones familiares, laborales, sociales, y evaluar en qué grado pueden estar dándose otro tipo de patologías.

Atado al ratónLas nuevas tecnologías de la información como Internet, o los teléfonos móviles, han supuesto una revolución no sólo en la inmediatez y las posibilidades de compartir información, sino muchos de nuestros hábitos cotidianos a la hora de comunicarnos con otras personas, así como de distribuir nuestro tiempo. La gran versatilidad y capacidad de las nuevas tecnologías hace que absorban una gran cantidad de atención y dedicación por parte de sus usuarios, lo que unido a que suelen concentrar una importante fuente de estímulos muy potentes, tanto sociales, laborales como lúdicos o de entretenimiento, pueden llegar a generar en algunas personas una cierta pulsión de dependencia, o exclusividad respecto a otras actividades que antes hacían.

Pasarse el día delante del ordenador, jugando o chateando, trabajando o intercambiando información, puede no tener porque ser ningún problema, sin embargo, cuando se declinan responsabilidades hacia uno mismo o los demás, se empieza a faltar a las propias obligaciones, o se descuidan las relaciones sociales con el entorno para dedicarse exclusivamente al ordenador a Internet o mandarse mensajes por el móvil, se puede pensar que la persona ya no es enteramente libre para usar o dejar de usar esos medios de comunicación o entretenimiento, y es posible que, como en otros comportamientos que generan adicción, el alejamiento del ordenador o del móvil se viven con una gran ansiedad, pensamientos e imágenes recurrentes y obsesivas, de tal manera que tal malestar emocional solo se alivia cuando la persona retoma la actividad con estos equipos.

Por el tipo de actividad, gustos de ocio y el afán por la novedad, los adolescentes y jóvenes suelen ser la población donde pueden darse más casos de personas cuya vida social, familiar, escolar o laboral se ve deteriorada por el uso y abuso exclusivo, la mayor parte del día, en actividades dedicadas a Internet, los ordenadores, móviles o las nuevas tecnologías en general.

Será necesaria una evaluación pormenorizada en los diferentes ámbitos y capacidades del individuo para saber si la adicción está motivada por compensación hacia los déficits en otras áreas, y se corresponde entonces un entrenamiento y desarrollo de otras habilidades y motivaciones ligadas a la propia autoestima e ideas de superación que solvente progresivamente tales carencias, ampliando el abanico de actividades e intereses.

Adicto al trabajoLos cambios sociales han elevado la importancia del trabajo como fuente principal de reforzamiento, convirtiéndose en el principal medio para el aumento del estatus social, con las consiguientes ganancias materiales asociadas a tal estatus; así mismo el aumento de la sensación de competencia, éxito y control contribuye internamente a dicho reforzamiento; todo ello favorece que para muchas personas el trabajo se convierta en la única forma de afrontamiento activo para cubrir necesidades afectivas, o pasivo para evitar/escapar a situaciones difíciles de manejar, como pueden las dificultades en otros campos de la vida, ya sean familiares o sociales.

La ambición profesional en combinación con determinados rasgos personalidad puede dar lugar a la “Adicción al trabajo”. El adicto al trabajo se diferencia del trabajador con estrés crónico en que el primero no se siente mal por el trabajo, sino que llega a experimentar sensaciones placenteras. Sin embargo, el adicto al trabajo sólo vive para trabajar, a diferencia del buen profesional que aunque es eficaz y se siente comprometido (“engagement”) con su trabajo, nunca olvida su tiempo libre junto a sus otras actividades familiares o sociales.

Las características del adicto son pérdida de interés por la familia, amigos, ocio, relaciones sexuales; dedica más horas al trabajo aunque esté agotado; cuando no trabaja manifiesta irritabilidad, ansiedad y tristeza; rasgos obsesivos de personalidad como perfeccionismo, inflexibilidad, rigidez, obstinación, preocupación, programación del tiempo; y se siente insatisfecho pese a poseer cuantiosos logros profesionales. Algunos estudios han encontrado también relaciones entre este patrón adictivo y una baja asertividad; baja autoestima junto con pensamientos catastróficos; una baja capacidad para relajarse; y mostrarse incapaces de establecer prioridades al querer hacerlo todo al mismo tiempo. También se ha visto en estas personas una predisposición a tener menor Estabilidad Emocional, lo cual indicaría también la tendencia a la ansiedad, la hostilidad y la depresión.

La intervención psicológica para salir de la adicción pasa por reconocer primeramente el problema, realizar un entrenamiento en toma decisión y distribución del tiempo; aprender a delegar, en particular en puestos directivos, no llevar trabajo a casa, delimitando el horario en la oficina para ir reduciendo el trabajo progresivamente. Al mismo tiempo se deberían tratar aquellos factores emocionales que puedan estar alterados en relación con adicción, al tiempo que enseñar y entrenar a la persona en nuevas formas de afrontamiento de cara a poder sacar partido y disfrute de esas otras áreas de su vida que ha estado evitando por una posible falta o pérdida de habilidades.

Terapia de pareja

El origen y las causas de los problemas de pareja han ido variando en las últimas décadas conforme el desarrollo industrial, la liberación de las costumbres o la reivindicación de los derechos de la mujer han ido modificando las formas de relación y de estructura dentro de la familia. Efectivamente, el acceso generalizado de la mujer a la educación y al trabajo, y sus reivindicaciones de mayor igualdad e independencia, que conllevan un papel más activo en la pareja y en la familia, y, en cierta medida, cuestionando el papel tradicional del hombre, ha propiciado un cambio de roles en los miembros de la pareja que ha facilitado el afloramiento de los conflictos.

Por otro lado, el modelo de desarrollo de nuestra sociedad ha provocado también que el ritmo de vida se acelere, multiplicándose los quehaceres, necesitando dedicar al trabajo y a los desplazamientos más tiempo, en detrimento del dedicado a las relaciones con la pareja, los hijos, la familia o los amigos, con lo que la interdependencia del individuo, sea hombre o mujer, se haya visto reducida suponiendo un empobrecimiento de los vínculos afectivos, y carencias a la hora de poder resolver conflictos. Además, las idealizaciones sobre el amor romántico y su papel en las relaciones de pareja, junto con la gestión de las propias emociones, que en nuestra cultura occidental vienen siendo moldeadas por la literatura, el cine o algunas corrientes filosóficas desde hace décadas, provocan ciertas expectativas o modelos de comportamiento poco realistas frente a la cotidianeidad de la convivencia en pareja, en lo que implica en cuanto a resolución de conflictos y problemas, habilidades para comunicar los propios deseos y sentimientos, y franqueza, paciencia y constancia a la hora de abordar la propia intimidad frente a la del otro.

Terapia de parejaAsí, los problemas que pueden surgir en una pareja son de muy diversa índole. Pueden ser poblemas de comunicación, numerosas discusiones, problemas de celos y desconfianza, o dificultades en las relaciones sexuales, por poner unos ejemplos. Pero a la hora de tomar la decisión de acudir a una terapia de pareja, es importante preguntarse a uno mismo y con honestidad qué es lo que realmente se busca. Toda relación conflictiva tiene tres posibles soluciones. La primera es mantener el status quo, o sea decidir que todo siga igual, ya sea por temor a un cambio, incluido el divorcio, porque ya se intentó solucionar las cosas en el pasado y dio igual, o incluso porque no nos interesa que nada cambie a pesar de los conflictos. La segunda solución es poner fin a la relación, pues realmente no existe nada que nos obligue a intentar llevarnos bien con nuestra pareja si no queremos; está opción puede ser la más conveniente si la otra persona es violenta, abusa de las drogas, psicópata o incurablemente egocéntrica. Y la tercera solución consiste en mejorar la relación. Sin embargo, aquí, las opciones también se abren a tres: esperar a que cambie el otro, para lo cual podemos estar esperando toda una vida; intentar cambiar a la otra persona, lo que seguramente ya se habrá intentado sin ningún resultado; o, centrarse en cambiarse a uno mismo, lo cual es mucho más efectivo, pero exige tener valor para estar dispuesto a tomar consciencia de nuestros propios errores para rectificarlos, e independientemente de los errores del otro miembro de la pareja, lo cual resulta doloroso, aunque sin duda los resultados que se pueden obtener son sorprendentes.

El estar dispuesto a cambiarse a uno mismo es pues la piedra fundamental sobre la que se levanta la intervención, evaluando primero la motivación y las intenciones reales de los miembros de la pareja al acudir a terapia, seguido de la evaluación de aquellos déficits o errores que se están cometiendo, y que impiden principalmente la comunicación, la resolución de conflictos y la expresión de la afectividad de cada uno de los miembros de la pareja.

Restaurar dicha comunicación y la confianza entre los miembros de la pareja, sobre las bases del cambio en la propia intimidad de cada uno, aceptando con humildad y valentía dicho proceso de rectificación y toma de conciencia sobre nosotros mismos, nuestros pensamientos, deseos, sentimientos y comportamientos, es la garantía de éxito para lograr esa tercera solución a los conflictos de pareja que aludíamos más arriba: mejorar de manera eficaz y continuada la relación de pareja.

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