La variedad de trastornos que pueden aparecer en el desarrollo durante la etapa infantil y posteriormente durante la adolescencia pueden ser muy amplia, y casi tan extensa como la propia problemática que presenta el adulto, aunque la expresión de sus signos y sintomatología se ajuste a las características e idiosincrasia propias de las edades en las que aparecen, sucediendo precisamente que determinados trastornos van a estar específicamente vinculados a una determinada etapa en el desarrollo. Así, mientras los trastornos psicóticos suelen tener su comienzo en la etapa de la adolescencia o primera juventud, los comportamientos hiperactivos o desadaptativos atencionales deben aparecer para su correcto diagnóstico en la etapa inicial de primaria, ante de los 7 años; de la misma manera la enuresis funcional puede ser diagnosticada a partir de los 5 años, pero no antes, y son raros los casos en adultos.

En Gamma Psicólogos nos hemos especializado en atender aquellos trastornos que tienen una presencia más acusada en ciertas etapas del desarrollo madurativo, como la enuresis, así como otros desajustes que pueden aparecer asociados a problemáticas de tipo adaptativo como fobias, miedos, ansiedad, insomnio, bajo rendimiento académico, dificultades de concentración, relaciones interpersonales pobres o conflictivas, desobediencia, rabietas y otros trastornos de conducta, tristeza y depresión, etc.

nic3b1o-enojado-copiaLa desobediencia así como otros desórdenes en el comportamiento suelen ser frecuentes en la infancia, llegando en algunos extremos a platear un desafío al control parental, estableciendo una relación entre padres e hijo aversiva y problemática. Sin embargo, estas conductas suelen ser habituales en los primeros años de vida, formando parte del proceso evolutivo del niño, por lo que la decisión de si intervenir o no vendrá motivada por la variedad de contextos en los que se produce, la intensidad o gravedad de los comportamientos y el aumento o falta de remisión espontánea durante el desarrollo del niño.

Los factores causantes de esta problemática, lejos de presentarse de manera sencilla o simple, suelen ser varios e interaccionar de manera compleja, de tal manera que junto a la aparición y aprendizaje de conductas coercitivas por parte del niño, y de los padres, en su relación, va influir también la posible falta de habilidades de comunicación en los padres, pobre manejo del estrés o de situaciones conflictivas, la propia personalidad del niño, su mayor o menos excitabilidad, la existencia de problemas familiares o conyugales, estilo de comunicación, problemas laborales o sociales de los padres, etc. Sin olvidar que la presencia de un cierto desorden y desobediencia en el comportamiento del niño, no solventado en su momento será clave para el desarrollo de comportamientos cada vez más problemáticos conforme aumente la edad, tales como conductas agresivas, antisociales, robos, y problemas académicos. Igualmente la remisión o solución de problemas de comportamiento y desobediencia va ayudar a fomentar una mejor solución de otros problemas que puedan surgir durante el desarrollo.

Las reacciones emocionales como el miedo o la tristeza tienen un carácter más subjetivo que hacen que sean menos observables que en el caso de un trastorno del comportamiento, o que se manifiesten a través de síntomas o signos indirectos. Así por ejemplo, en el caso de la depresión infantil es frecuente observar ira, rabia, hostilidad e irritabilidad, antes que tristeza o abatimiento.

En relación al miedo y la ansiedad, los niños atraviesan en el curso de su desarrollo por diferentes fases evolutivas en cuanto al tipo de objetos y situaciones a las que suelen desarrollar miedo o ansiedad. El miedo natural en el niño cumple un mecanismo de protección, evitando la ocurrencia de diferentes peligros. En los primeros meses el bebé suele reaccionar ante ruidos fuertes o estímulos intensos; entre los 8-12 meses se intensifica el miedo a las personas extrañas o a la “separación de los padres”. Y al mismo tiempo que aparecen a determinadas edades, desaparecen una vez cumplida su fase evolutiva. Sin embargo, cuando estos miedos son reforzados o aprendidos o generalizados por influencia del ambiente familiar, pueden llegar convertirse en crónicos y/o plantear determinados problemas de adaptación. Así el miedo natural a la “separación de los padres” si resulta reforzado por los padres puede convertirse en un ansiedad de separación que dificulte la integración y la socialización durante los primeros años de la etapa escolar.

En el caso de los adolescentes la adecuación a los cambios físicos y psicológicos, cambio de imagen, así como a los nuevos roles sociales que tiene que desempeñar, hace que las relaciones con los demás, el grupo de iguales, la familia, etc., cobren más importancia constituyéndose en posibles fuentes de miedos y/o conflictos. Cada experiencia angustiosa o conflictiva no tiene por qué ser negativa en sí, sino que en condiciones normales debe servir de ayuda para madurar emocionalmente y aprender estrategias de afrontamiento adecuadas para manejar situaciones difíciles o sucesos estresantes. Sin embargo, hay ciertas ocasiones en las que estas experiencias provocan un fuerte malestar emocional ante el cual el niño o el adolescente no es capaz de encontrar un afrontamiento ajustado, lo que motivará reacciones inadecuadas y repuestas incontroladas desarrollando un trastorno emocional.

El abordaje terapéutico, precedido de una correcta evaluación de todas las áreas implicadas, irá destinado según cada caso a promover el cambio de las pautas de comportamiento y los modelos de afrontamiento desajustados, teniendo en cuenta que los padres serán la mayoría de las veces uno de los actores principales a la hora de poner en práctica las técnicas necesarias para conseguir dicho cambio.

EstresIIUn grado excesivo de ansiedad ante los exámenes conlleva siempre una disminución del rendimiento del estudiante. Esta manifestación específica de ansiedad comporta cierta analogía con la que se produce en una fobia. Sin embargo, en este caso, la respuesta de ansiedad no se produce ante un objeto o situación concreta y bien definida, como podría ser la presencia de una araña para alguien que padeciese de aracnofobia, sino que el causante de tal respuesta de ansiedad es un conjunto variado de elementos, siendo todo lo que rodea a la preparación del examen, anticipándolo, e incluida la situación misma, lo que va a ir generando e incrementando la temida respuesta de ansiedad, con el consiguiente bajo rendimiento e incluso el temido bloqueo durante el examen. Uno de estos elementos, y que cobra una especial relevancia para el estudiante que se examina, es el resultado del examen, cuyas consecuencias, en caso de suspenso, serán el mantenimiento de un alto grado de ansiedad ante las próximas situaciones de examen.

La ansiedad, sin embargo, cuando aparece no tiene necesariamente efectos negativos. Es una emoción que se da en todas las personas y que, en condiciones óptimas, mejora el rendimiento y la adaptación al entorno laboral, social y/o académico. Su función adaptativa nos motiva y moviliza la energía imprescindible para hacer frente a situaciones amenazantes, preocupantes o de reto, de forma que podamos llevar acabo lo necesario para neutralizar el riesgo, asumirlo o afrontarlo adecuadamente evitando las consecuencias negativas de la inacción. En nuestro caso, una ansiedad positiva de cara a un examen nos da la energía y motivación necesarias para estudiar, manteniendo activo nuestro estado de alerta y atención sobre la tarea que tenemos que realizar para llevarla acabo de la mejor forma posible. Evidentemente, la motivación va a radicar en nuestras expectativas respecto a la tarea, nuestros planes de acción, nuestros deseos, la confianza en nuestras habilidades, pero en último término los que nos pone a punto para la acción es la emoción, y en este caso un grado adecuado de ansiedad-activación siempre es positivo e indispensable.

Sin embargo, cuando la ansiedad sobrepasa determinados límites, en lugar de una ser una ayuda para realizar la tarea que tenemos entre manos, se convierte en un obstáculo y un problema para conseguir los objetivos que nos hemos planteado, interfiriendo en nuestras actividades, además de que a medio o largo plazo, si esa ansiedad se mantiene generará problemas de salud. Un grado elevado de ansiedad hará que perdamos recursos y nos centremos más sobre nosotros mismos que sobre la tarea, haciendo que perdamos concentración y que cometamos errores.

La mayoría de estudiantes experimenta una elevada ansiedad, ligada a su preocupación por el rendimiento en época de exámenes. Esta elevada activación puede repercutir negativamente, no sólo en el rendimiento ante las evaluaciones, sino que puede llegar a desequilibrar la salud de los alumnos ante este tipo de situaciones. Mucho antes de que comiencen los exámenes propiamente, comienzan a padecer trastornos físicos muy diversos (insomnio, dolores de cabeza, náuseas, vómitos, etc.), agravándose conforme se van acercando los días para el examen. En otros casos se producen conductas de tipo impulsivo o descontrolado respecto a la comida, o el consumo de bebidas estimulantes y/o tabaco, para regular el estado de activación y la emoción de ansiedad asociada. La ansiedad ante los exámenes constituye un grave problema no sólo por el elevado porcentaje de estudiantes que la padecen sino también porque ejerce un efecto muy negativo sobre el rendimiento. Por ello, hay que considerar que un número muy alto de alumnos que sufren fracaso escolar o abandonan sus carreras no tienen problemas relacionados con el aprendizaje o con su capacidad sino con los niveles extremos de ansiedad que presentan ante los exámenes. La ansiedad, además, deteriora la fiabilidad del recuerdo. Y cuanto mayores sean las exigencias de la tarea para procesar y recuperar la información aprendida, más se hará efectiva la influencia negativa de las interferencias ocasionadas por la ansiedad en el recuerdo y en la concentración. El examen se define como una prueba en la que tenemos que demostrar nuestra aptitud en determinadas materias. Las personas que experimentan una alta ansiedad a ser evaluados sufren una merma importante en la eficacia y ejecución ante tales pruebas, en comparación con aquellos otros en los que la ansiedad para afrontar el examen se mantiene en niveles óptimos. Por ello, y dada la importancia de este problema y las consecuencias que acarrea, se hace necesario intervenir mediante un programa específico de reducción de la ansiedad ante los exámenes, y más generalmente ante situaciones de evaluación, proporcionando así las estrategias necesarias para el afrontamiento de estas situaciones en las condiciones óptimas, y llevando su generalización a otras situaciones de la vida cotidiana asociadas o no con la evaluación.

Fracaso escolarEl fracaso escolar asociado con el bajo rendimiento en los estudios puede deberse a diferentes motivos que pueden ir desde una falta de hábitos y el empleo de una técnicas correctas de estudio, hasta la falta de motivación, baja autoestima, dificultades de comprensión e incluso problemas de conducta o emocionales, en los que pueden aparecer las conductas antisociales, la agresión o el vandalismo, el retraimiento social, manifestaciones de tristeza, ansiedad y problemas de adaptación al entorno escolar, etc.

Será por ello conveniente evaluar los entornos sociales, familiares como escolares en los que se desenvuelve el niño o el adolescente, así como su nivel de habilidades tanto intelectuales o de estudio como de autocontrol a la hora de organizarse el tiempo, incluyendo también su forma de relacionarse con los demás, tanto amigos o compañeros como con profesores o padres.

Aspectos fundamentales en la motivación por el estudio aparecen en las atribuciones sobre los resultados en clase y el sentido de lo que hace, que el alumno propio tiene y da a sus estudios. La experiencia repetida de fracasos pueden llevar al alumno ha desvincularse del aprendizaje y buscar en otras actividades, ajenas al entorno escolar, el deseo de éxito y de reconocimiento social que el niño y en particular el adolescente busca para su propia autoestima.

Será necesario además tener en cuenta cuales son la personalidad y los intereses reales del alumno, para saber de qué forma poder ayudarle a dar sentido a las tareas relacionadas con el aprendizaje, de tal manera que éstas entren en los esquemas de sus propias expectativas de futuro, construyendo un aprendizaje significativo y ligado a sus conocimientos y habilidades previas, y afianzando en definitiva su sentimiento de competencia en el entorno escolar. Todo lo cual debe redundar en un mayor con este entorno.

En los casos en los que se detecten que las causas que afectan al rendimiento escolar tiene que ver más con trastornos emocionales o de conducta previos, tales como la ansiedad, la depresión, conductas violentas, hiperactividad, historia de abusos por parte de compañeros o adultos, será necesario intervenir primeramente en aquellos aspectos que están en el origen del desajuste.

EnuresisPor enuresis se entiende generalmente aquel trastorno en el que se produce un vaciamiento involuntario de la vejiga para una edad, no antes de los 5 años, en la que cabría esperar un control voluntario de los esfínteres que regulan la micción. Sin embargo, las posibles causas pueden ser diferentes según el tipo de trastorno, por ello, antes de comenzar cualquier tratamiento, es necesario realizar una evaluación pormenorizada del caso para saber cuál es el tipo de enuresis ante el que nos encontramos, y descartar cualquier causa orgánica, en cuyo caso hablaríamos de enuresis funcional, frente a la enuresis orgánica que tiende a denominarse también incontinencia urinaria. El tipo de enuresis funcional más frecuente en edades infantiles es la enuresis nocturna, y entre un 7% de los niños y un 3% de las niñas la padecen sobre los 5 años de edad, bajando al 3% y al 2% respectivamente sobre los 10.

Antes de proceder a la intervención será necesario recabar información acerca de la frecuencia y momento de los episodios enuréticos, cantidad de orina, si existe control de la orina durante el día, y los posibles antecedentes y consecuentes de tales episodios. Será importante también conocer el curso del problema evaluando si el niño ha desarrollado ciertas habilidades de control vesical, si es capaz de darse cuenta de cuándo tiene la vejiga llena, de si es capaz de aguantarse las ganas de orinar y durante cuánto tiempo, o presenta por el contrario una gran urgencia y frecuencia en orinar, así como si el niño se despierta espontáneamente durante la noche. También es indispensable evaluar las reacciones que se producen en el medio familiar ante los episodios de enuresis, si ha habido antecedentes familiares; cómo es el entorno del niño, su grado de adaptación, ver si existen otros problemas en la familia o en la escuela; si ha habido intentos anteriores de solucionar la enuresis; y cuál es el grado de conciencia y cómo experimenta él mismo la enuresis y los problemas que conlleva, comprobando finalmente si existe una buena motivación tanto en el niño como en sus padres para corregir la enuresis, de tal manera que sigan de manera efectiva las instrucciones que les vaya dando el terapeuta.

Las opciones terapéuticas disponibles independientemente o combinables entre sí, que se han mostrado más eficaces, son el entrenamiento en retención voluntaria, proponiendo a los padres que entrenen al niño en una serie de ejercicios para controlar y fortalecer el reflejo de la micción; el método de “alarma”, que consiste en colocar al niño un sencillo dispositivo que le despierte en el momento en que está mojando la cama, para facilitarle el aprendizaje del control de los esfínteres; y el entrenamiento en cama seca, en el que se entrene al niño en un procedimiento para que desarrolle la conducta de levantarse de la cama y acudir al baño en caso de sentir ganas de orinar, al tiempo que se le hace participe y colaborador en su propio tratamiento con la ayuda de sus padres.

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