Problemas psicológicos y tratamiento en la Tercera Edad

Problemas psicológicos y tratamiento en la Tercera Edad

PROBLEMAS PSICOLÓGICOS MÁS HABITUALES 
¿Cuáles son los problemas psicológicos más habituales en la tercera edad?
Si bien en la tercera edad pueden aparecer los mismos problemas psicológicos que a cualquier otra edad, las alteraciones emocionales, y psicológicas en general, que se dan con mayor frecuencia en esta etapa de la vida son las alteraciones del estado de ánimo (ej, depresión), el deterioro de las capacidades cognitivas y psicomotrices (que pueden ir desde un deterioro leve a una demencia), procesos de duelo, trastornos psicofisiológicos (migrañas, hipertensión, afecciones cardíacas, fibromialgia…), disfunciones sexuales, desarrollo o agudización de fobias (ej, miedo a caerse), y trastornos del sueño.

¿Cómo les afectan estos problemas psicológicos en su vida cotidiana?

Los problemas psicológicos manifestados en la tercera edad provocan un malestar emocional significativo que puede derivar en tristeza, ansiedad, sentimientos de soledad, sensación de no ser productivos y útiles, aislamiento social, miedo a la muerte, dificultades de adaptación al ambiente e inadecuación de las tareas, aumento de la irritabilidad, rigidez de pensamiento, empobrecimiento de la autoestima, actitud autoderrotista, pérdida de la ilusión por las cosas y del sentido de la vida.

CAUSAS DEL MALESTAR PSICOLÓGICO

Efectivamente, hemos de tener en cuenta que la tercera edad es una etapa de la vida muy definida por una serie de cambios y crisis vitales que justifican el requerimiento de una especialización en este campo. Aunque los síntomas que pueden llevarles a acudir a terapia puedan ser los mismos que a cualquier otra edad (ansiedad, tristeza, desesperanza, etc.), es importante tener en cuenta en qué contexto aparece dicho problema. Esto vale para cualquier paciente, pero en el caso de la tercera edad, su contexto vital va a marcar el tipo de preocupaciones que aparecen. Así, la depresión muchas veces está relacionada con el sentimiento de que “ya no son lo que eran”: sienten que van perdiendo facultades, se topan con las limitaciones propias del envejecimiento, o se encuentran con la jubilación ante la cual ya no pueden seguir desempeñando una función que podrían encontrar útil (y en algunos casos, la pérdida de poder adquisitivo también es un cambio difícil de digerir). La ansiedad y las fobias que pueden aparecer también están relacionadas con el sentimiento de vulnerabilidad y fragilidad que sienten, en sí mismos o en sus parejas; la posibilidad de enfermar, o de tener algún accidente; o la sensación de que el tiempo se va agotando. Al mismo tiempo, se enfrentan a múltiples procesos de duelo, amigos que se van, o familiares cercanos que les dejan cada vez con más frecuencia a medida que pasan los años, y si no cuentan con una amplia red social, pueden llegar a sentirse cada vez más solos. Todo ello puede favorecer la aparición de diversos trastornos emocionales, como los mencionados anteriormente.

DIFERENCIACIÓN ENTRE PROBLEMAS NEUROPSICOLÓGICOS Y PSICOLÓGICOS

A veces puede ser difícil distinguir entre un trastorno psicológico y una demencia incipiente, porque hay síntomas que están presentes en ambos diagnósticos. Por este motivo, es especialmente importante realizar un buen diagnóstico diferencial, sobre todo entre demencias y depresión. Una de las consecuencias más habituales de la depresión (a cualquier edad) es la aparición de alteraciones en la atención y la memoria (dificultades para concentrarse y para recordar). De hecho, en estos casos se realiza el diagnóstico de “pseudodemencia”: no es una demencia en sí, es un trastorno del estado de ánimo que cursa con síntomas parecidos a los de una demencia, pero que en el momento en que el estado de ánimo del paciente mejora, las alteraciones mnémicas desaparecen. Por su parte, uno de los síntomas que aparecen con mayor frecuencia, sobre todo en etapas iniciales de una demencia, es la depresión o los trastornos del comportamiento. De modo que es esencial que se lleve a cabo una cuidadosa evaluación realizada por un especialista que garantice un buen diagnóstico diferencial.

PSICOTERAPIA EN LA TERCERA EDAD
¿Cómo trabaja un psicólogo con una persona de la tercera edad para problemas como la depresión, por ejemplo?

La forma de trabajar, en sentido amplio, no es muy diferente a cómo podríamos trabajar con una persona de cualquier otra edad. Hay dos objetivos fundamentales: primero, la aceptación de lo que supone envejecer (si fuera necesario trabajarlo) o de lo que supone en general su situación vital. Es decir, trabajar la aceptación de aquellas cosas que no se pueden cambiar; y segundo, facilitarle al paciente que no sólo se centre en las pérdidas que pueda estar sufriendo (pérdida de sus facultades físicas o mentales, o de las de su pareja; pérdida de familiares; pérdida de poder adquisitivo; pérdida de su trabajo o de su función como trabajador, etc.), y ayudarle a ver de forma personalizada que es una etapa en la que también se tienen muchas ganancias (mayor tiempo libre, mayor dedicación a los seres queridos, posibilidad de poder llevar a cabo proyectos, actividades o ideas que en el pasado eran inviables por falta de tiempo, orgullo y satisfacción al recordar todas las cosas que han logrado en su vida, experiencia y serenidad después de un largo aprendizaje vital…), lo que ayudará a darle un nuevo sentido a su vida.

En caso de integrar técnicas más conductuales, para aumentar su nivel de actividad, de disfrute, y mejorar así la percepción de sí mismo, es importante adaptarse a las capacidades del paciente y respetar lo que él mismo sienta que es capaz de hacer. De lo contrario, podríamos reforzar posibles sentimientos de incapacidad o invalidez.

¿Las personas de la tercera edad pueden cambiar? Es decir, a pesar de que tengas ochenta años, ¿puedes cambiar tu forma de afrontar los problemas, superar tu depresión…?

Por supuesto. La oportunidad para cambiar no tiene fecha de caducidad, y está presente hasta el último día de nuestras vidas. Cuando hablamos de cambio, no podemos referirnos a convertirnos en personas muy diferentes a como somos, pero la actitud que adoptemos frente a aquello que nos sucede sí está en nuestras manos. A veces no es nada fácil y es cierto que, con la edad, nos volvemos más rígidos en nuestros pensamientos y perdemos cierta “plasticidad”, pero es posible. Exceptuando determinados estados de salud, la capacidad de aprendizaje no tiene límites.

¿Cuál suele ser la actitud de las personas de la tercera edad en la consulta del psicólogo? ¿Suelen acudir por voluntad propia, por presión de los familiares…? 

Es mucho más frecuente que acudan porque un familiar cercano se preocupa por su estado y les animan a acudir. De hecho, suelen ser los propios familiares quienes solicitan la cita. En este sentido, una de las cosas que primero hay que trabajar es la motivación del paciente para acudir a terapia. Que no sientan que el realizar tratamiento psicológico es algo impuesto desde afuera sino que finalmente es una elección suya. Para ello, el profesional se tiene que centrar en los problemas que el paciente vivencia como tal y no tanto en los problemas o dificultades de los que nos informan los familiares. Es importante encontrar un aspecto que el paciente sienta que tiene que cambiar, por él mismo, y en el que podemos ayudarle o bien, que sea consciente de la existencia de ciertas dificultades que a él le limitan en el día a día de modo que se puedan trabajar en la terapia.

Nos encontramos con todo tipo de casos, pero quizá sea más frecuente que en otras etapas de la vida encontrarnos con el escepticismo del paciente, por esta idea común de: “si yo he sido así toda la vida, ¿cómo voy a cambiar a estas alturas?”. En otras ocasiones, la desesperanza que pueden sentir con respecto al futuro también afecta a la actitud en la consulta. A veces puede ser difícil que le encuentren un sentido, un “para qué?”.

CONSEJOS PARA MANTENER UNA BUENA SALUD MENTAL EN LA TERCERA EDAD

-Procurar hacer algún tipo de actividad física: paseos, yoga, gimnasia de mantenimiento, etc. Esto es importantísimo para sentir que su cuerpo les permite conservar su autonomía.

-Ejercitar y estimular la mente: hacer pasatiempos, jugar a juegos de mesa, realizar ejercicios de memoria (memorizar la lista de la compra, fomentar la memoria a largo plazo recordando anécdotas del pasado, usar trucos nemotécnicos…) apuntarse a talleres de memoria y estimulación mental, etc.

-En la medida de lo posible, no dejar de hacer aquellas cosas que les gustaba. Seguir practicando todo aquello que les pueda gratificar.

-Cuidar o crear una buena red social: que se relacionen con gente, tanto joven como de su edad. Se ha comprobado que esta es una de las variables que mayor peso tienen sobre nuestra salud mental: sentir que tenemos el apoyo de la gente, personas con quien compartir nuestra vida, con quien reír o llorar. Sentir que no estamos solos.

-Practicar actividades nuevas y placenteras para favorecer la creatividad y la apertura mental.

-Apuntarse a un voluntariado. Sentir, que pese a su edad, todavía pueden ayudar a los demás. El sentirse útil mejora considerablemente nuestro estado de ánimo y facilita el que dejemos de enfocarnos únicamente en nuestros aspectos negativos y limitaciones.

-Valorar las pequeñas cosas de la vida (un agradable paseo, una charla telefónica con un ser querido, el abrazo de un nieto, escuchar en la radio una antigua canción…)

-No tener asuntos (sobre todo personales) pendientes. Expresarle a sus seres queridos lo que sienten.

– Practicar alguna técnica de relajación sobre todo en aquellos casos donde la persona presenta niveles elevados de ansiedad. Además, los estados de tranquilidad favorecen la adquisición de nuevos aprendizajes y el recuerdo del contenido de nuestra memoria.

-Llevar una dieta saludable y equilibrada.

CONSEJOS PARA QUE LOS FAMILIARES CONTRIBUYAN A MEJORAR LA SALUD MENTAL DE LAS PERSONAS MAYORES

– Animarles a seguir un plan diario para que puedan tener una vida activa: ejercicio físico, estimulación de su cerebro, socialización, etc.

– Legitimar sus sentimientos y emociones e intentar comprender su situación vital y las sensaciones asociadas de soledad e inutilidad. En ocasiones, los hijos no toleran el sufrimiento experimentado en sus padres tendiendo a evitarlo y reprimirlo. Puede ser muy bueno permitir que se puedan desahogar y procurar normalizar estos estados emocionales dándoles una vía de escape sana y adaptativa.

-Fomentar su memoria a corto plazo instándoles a retener mentalmente ciertas cosas y pidiéndoles que cuenten historias y anécdotas de su vida pasada para favorecer el funcionamiento de su memoria a largo plazo.

-Intentar no infantilizarles evitando actitudes paternalistas. Esto puede generar culpa, vergüenza, incompetencia, desvalorización…

-Procurar que se sientan aceptados, acogidos y queridos ofreciéndoles afecto, cariño y dedicación. En la medida de lo posible, intentar pasar el mayor tiempo con ellos ya que una de las cosas de las que se suelen arrepentir las personas cuando están llegando al final de la vida, es de no haber dedicado más tiempo a sus seres queridos.

-Recurrir a ellos en búsqueda de consejos atendiendo a su sabiduría y experiencia en la vida. Esto ayudará a que se sientan válidos y reconocidos.

-Minimizar y relativizar los posibles olvidos cotidianos propios de la edad (no saber donde han puesto las cosas, no recordar fechas de citas médicas…)

-Fomentar su autonomía: permitir que hagan aquellas cosas que pueden hacer por sí mismos. De esta manera, se logra disminuir el sentimiento de dependencia de sus seres queridos.

No olvidarse de cuidar su propia salud mental. Esto es muy importante ya que está demostrado que el cuidador puede desarrollar problemas psicológicos y emocionales, y uno no sólo debe dedicarse a cuidar de los demás. Hay que empezar por uno mismo.

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